Seguramente, sin alejarte mucho de tu lugar de residencia, te encuentras a menudo con situaciones duras, que te conmueven y dejan un sabor amargo. Personas necesitadas de orientación, contención, consuelo, compañía, abrigo o comida. Muchas de ellas son desconocidas para ti, y otras son miembros de la iglesia a la que perteneces. Una pregunta se repite en tu mente y corazón: ¿Qué puedo hacer?
Jesucristo respondió a esta pregunta sirviendo. Lo hizo con pocos elementos –una toalla y una palangana, cinco panes y dos pescados-, pero con todo su ser. Para eso vino a este mundo, “no vino para que le sirvan, sino para servir”. Sirvió amando a los suyos hasta lo sumo, hasta el punto de dar su vida en rescate por muchos.
Así te sirvió a ti también, liberándote de vivir solo para ti mismo y del orgullo que nos impide ver y acercarnos al otro en su necesidad y miseria. Así te hizo una nueva criatura para que respondas de la misma manera que Él, ¡sirviendo!